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La historia desconocida de Melchora Nieto: una patriota valiente[1]

Martha Lux Martelo

 

Cuando oímos o leemos sobre la Independencia casi siempre nos encontramos con historias que nos narran batallas y acciones de hombres valerosos, que lucharon y dieron sus vidas para hacer de la Nueva Granada un país libre. Aquellas historias de héroes han llenado de orgullo a muchas generaciones, pero ésta que vamos a contar narra otros hechos de esa misma historia: los de las mujeres que vivieron aquellos difíciles momentos, mujeres valerosas que hicieron cuanto pudieron para garantizar el bienestar de sus familias y de su patria.

Puesto que un buen número de los hombres adultos de cada familia iba al ejército, las mujeres, las hijas y los hijos pequeños se quedaban en sus hogares esperando el regreso de los padres, esposos, hijos y novios. Sin embargo, debido a las guerras, muchos de estos hombres eran capturados, heridos en las batallas o, en el peor de los casos, perdían la vida como triste resultado de lo que estaba sucediendo. Por su parte, las familias se empobrecían y enfrentaban situaciones que obligaban a las madres a hacerse cargo de las necesidades de sus parientes.

Muchas de ellas trabajaban para ganarse la vida: cosían, bordaban, tejían medias y guantes, eran tenderas, panaderas, molían el maíz, atendían misceláneas y chicherías, repartían el agua a las casas —oficio que les merecía el nombre de “aguateras”—, vendían mercancía en las plazas de mercado y algunas eran conocidas como comerciantes, pues compraban y vendían diferentes productos. Pero las mujeres también participaron en los acontecimientos de la Nación: acompañaban a los ejércitos, cocinaban, curaban a los heridos, preparaban las armas, organizaban las municiones, espiaban y reclutaban gente para los ejércitos y para las guerrillas patriotas. Llegaron, incluso, a militar en sus filas.

Y aunque serían muchas las historias de estas mujeres, les contaremos unas no muy conocidas: las de Melchora Nieto y Francisca Guerra, dos mujeres valerosas que estuvieron en Santafé el 20 de julio de 1810.

Melchora era una joven mujer cuyo esposo, Domingo Pinzón, había muerto recientemente. Ella vivía en la ciudad con sus dos hijos: el mayor, llamado Diego, tenía siete años y la menor, Vicenta, tres. Melchora, que era criolla —es decir, hija de padres de origen español—, trabajaba para cubrir sus necesidades y las de sus dos pequeños hijos. Ella tenía un almacén en la Capital, en la Calle Real, muy cerca de donde quedaba el famoso almacén del español Llorente. Melchora era una reconocida patriota, como solía repetírselo a sus amigos y conocidos.

Al igual que Melchora, Francisca Guerra era propietaria de una pulpería —que era una tienda— en el centro de la ciudad, pero no pertenecía a la clase alta, sino que se la reconocía como una mujer del pueblo. De ella cuentan que vivía en el barrio Belén de la Capital y que era muy querida entre sus vecinos porque era bondadosa y amable con los más pobres. Pero también decían que podía ser muy enérgica y comprometida cuando era necesario. Señalaban que era “alta, robusta y coloradota” y que se mantenía atenta a todas las novedades de la ciudad. Como Melchora era una patriota convencida, y como se rumoraba que escondía armas para los ejércitos de Bolívar, varias veces los españoles fueron a su casa a llevársela presa.

Ambas mujeres vivieron en una época en la que las familias eran de orden patriarcal. Esto significa que las mujeres y los hijos dependían del papá, del esposo o de un hermano. Sin embargo, las mujeres de las ciudades poco a poco comenzaron a organizar reuniones que se suponía eran de lectura, pero que se convirtieron en espacios importantes para discutir planes revolucionarios. De otro lado, las reuniones en las chicherías o los encuentros en la Plaza Mayor les permitían a las mujeres de los pueblos enterarse de todo cuanto ocurría en el país.

Fue en aquella Plaza, escenario de todas las actividades clave de la ciudad, donde se reunió el pueblo el 20 de julio de 1810 para oponerse a las autoridades del Virrey y del Gobernador. Como era viernes, día de mercado, la Plaza se encontraba llena de mujeres que estaban comprando los alimentos de la semana. También había indígenas de diferentes pueblos de la sabana de Bogotá que se aprestaban a vender sus productos.

Cuando el ejército se disponía a sacar los cañones a la Plaza, donde se estaba reuniendo el pueblo, Melchora y Francisca encabezaron la muchedumbre que corrió para impedirlo. Dicen los testigos, que iban acompañadas de sus vecinas las chicheras y del resto de las mujeres que salieron a las calles, unas pocas armadas con pistolas, algunas con cuchillos y navajas, y otras con piedras de los arroyos, pero todas gritando: “¡Nosotras las mujeres marchemos adelante, para que los hombres que nos sigan se apoderen de la artillería y liberen la patria!”.

El grupo que atacó el cuerpo de caballería estaba dirigido por Francisca Guerra. Cuentan que esta valiente mujer logró entrar al cuartel en compañía del resto de mujeres; al parecer, ella y todas sus compañeras avanzaban con tal convicción, que cuando los hombres intentaron hacerlas a un lado durante los acontecimientos, una de ellas preguntó airada: “¿Creen que la piedra que yo lance no tendrá tanto efecto como sus golpes?” Tras aquella jornada, los soldados patriotas solían bromear diciendo que cuando tenían que esconderse, “los más bravos se alojaban en Belén, donde la Pacha Guerra”.

Entre las mujeres que ayudaron a Melchora y a Francisca estuvieron Josefa Baraya —desterrada años después por Pablo Morillo—, Eusebia Caycedo, Andrea Ricaurte —ella misma escribió sobre la Independencia y sobre Policarpa Salavarrieta, conocida como ‘la Pola’—, Gabriela Barriga y Juana Petronila Nava. Ellas no solamente alentaban al pueblo para que se mantuviera permanentemente en estado de alerta y de acción, sino que mandaron correos a otras partes del país para que allá también se hiciera la revolución. Unas de estas mujeres eran criollas de reconocidas familias como Melchora, pero otras, como Francisca, eran mujeres del pueblo.

Pasados aquellos primeros días de revueltas, las dos mujeres siguieron vinculadas con las luchas políticas. De hecho, a comienzos de 1813, cuando los ejércitos federalistas llegaron a Bogotá de la mano del teniente Baraya para quebrantar el control de los centralistas, las mujeres, entre las que se encontraban Melchora y Francisca, salieron nuevamente a las calles, esta vez en defensa del presidente Nariño y de la causa centralista, y llevando cuchillos le quitaron las armas a los soldados federalistas a la fuerza y ayudaron a hacerlos prisioneros. Ese mismo día se apoderaron de varias cajas de armamento provenientes de La Estancia y del Cuartel de Milicias, dependencias que quedaban en la Plaza Mayor.

Tres años después, en 1816, el General Pablo Morillo desterró a Melchora, junto con otras mujeres de Bogotá, a la población de Tabio en castigo por sus acciones. Cuentan que llegó allá en compañía de sus dos hijos. Ese mismo año, Francisca también fue desterrada junto con su familia a la población de Ubaté, donde la mantuvieron vigilada. De Melchora sabemos que pasados varios años partió hacía la Provincia de Antioquia, pero que finalmente regresó a Bogotá.

Se dice que Diego Pinzón Nieto, el hijo de Melchora, siendo ya un hombre, se hizo militar y sirvió valerosamente en los ejércitos nacionales. Por su parte, su hija Vicenta se casó con un coronel de los ejércitos patriotas y continuó con el negocio de la familia. Ambos hijos fueron cercanos a su madre, quien al parecer pudo recuperar las propiedades que le pertenecían y que le habían quitado durante los años del destierro.

En las Guerras de Independencia participaron muchas mujeres que, como Melchora y Francisca, no son recordadas como heroínas, pero que jugaron un papel importante en ellas: aquellas mujeres dejaron una huella de valor y de decisión, tanto para quienes las conocieron cuando vivieron, como para quienes hemos conocido su historia.

 

[1] Tomado de: Colección Bicentenario: te cuento la independencia. 11 relatos para volver a contar. Ministerio de Educación Nacional. República de Colombia. Bogotá 2009.

 

 

4 agosto 2020

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Este año tuvimos el encuentro con los líderes estudiantiles de todos los grados de nuestra institución, el Antonio Derka le sigue apostando a la construcción de una cultura de liderazgo:



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Desarrollar una educación con calidad académica y técnica, fundamentada en principios humanistas formando ciudadanos laboral y socialmente competentes con sólidos valores y principios éticos que les permitan asumir la construcción de su proyecto de vida, su compromiso con la transformación de su entorno y con una clara conciencia ambiental.

 

 

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Para el 2020 seremos una institución líder en el desarrollo de programas con calidad académica y técnica, desarrollada con base en la innovación, la investigación y la inclusión; contextualizando sus procesos que permitan la vinculación de nuestros estudiantes a la educación superior y/o a la vida laboral.

 

 

 

 

 

 

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